Fotos con ojos II

El lunes estuve en una nueva sesión de fotos, esta vez con Marta Arce, judoka y una de esas mujeres en las que la fuerza se le adivina con sólo mirarle la sonrisa. Marta empezó a practicar judo hace 11 años, a los 19. “Ya de muy mayor” como dice ella y sufre una deficiencia visual progresiva relacionada con la falta de pigmentos en su piel y ojos. Yo digo que empezó a tiempo, si no, mirá a dónde ha llegado.

Marta contaba que en las últimas paralimpiadas (las de Atenas) no les dejaban llevar cámaras de fotos a los deportistas y España no había llevado fotógrafos profesionales a la competición porque no pensaban que fueran a ganar… y Marta terminó como subcampeona. Cuenta: “Mira que les dije, que allá ellos, que yo pensaba traerme una medalla”. Y cumplió.

La sesión fue genial, incluso corta, diría. Ya comenté que la fotógrafa, María, es muy maja y genera un ambiente de lo más relajado, tomando unas fotos preciosas con las que me va a encantar trabajar, ya que la mayoría de las veces, las fotos que usamos son o bien de banco de imágenes (con lo cual hay que adaptarse a lo que se encuentra o el cliente se puede permitir pagar) o bien tomadas informalmente por los mismos clientes (algo habitual en publicaciones corporativas, newsletters y house-organs).

En algún momento, me tocó ponerme la chaqueta azul de Marta (les cuento: los judokas tienen dos equipos oficiales, uno blanco y uno azul… al que sale sorteado primero le toca llevar el blanco y ésto se hace para evitar trampas y confusiones de los árbitros en el entrevero de cuerpos que el judo genera) y prestarme a ser “inmovilizada” para que se pudiera hacer una foto más de “acción”. A mi sólo me tocaba quedarme quieta (y apartar la melenahelecho) mientras Marta me sostenía por la manga y la solapa, pero la fuerza del gesto era perceptible, si hubiese tirado un poco me hacía volar por los aires cual escena de Kill Bill. Por otro lado, debo confesar que la chaqueta, de grueso algodón reglamentario es calurosísima, sinceramente me sorprende que la pobre haya aguantado las casi dos horas de fotos, en quichicientas posturas, tirándose al suelo dos mil veces y levantándose otras tantas hasta conseguir una foto que quizás no usemos.

Pero es que ellos (los deportistas paralímpicos) sienten que tienen otra misión: dar relevancia al deporte como práctica integradora, mover a la gente a entender que un discapacitado es tan igual y tan diferente como cualquier persona y además, comprobar ante todos que la motivación, el esfuerzo (hombre, 11 años de práctica deportiva se dice pronto pero andá a entrenar 4 horas por día durante tanto tiempo ¡y trabajando de manera simultánea!) y las ganas de superarse, dan magníficos resultados porque uno siente que puede.

Sobre el trabajo, bueno, va marchando. Es gracioso porque la fotógrafa y yo tenemos una visión similar del libro que pensamos que debe ser, pero mi director creativo tiene en mente una línea diferente, así que como él es el jefe, pues tendré que encontrar el camino para lograr un equilibrio entre esas formas diferentes de ver las cosas… Es raro, porque pocas veces veo tan claro un proyecto, tengo tan tan tan claro lo que debería ser el resultado. Veremos en qué termina, porque todavía falta mucho material por elaborar (los textos aún se están escribiendo y las fotos… hombre, son trece deportistas y vamos por la tercer sesión). Y el cliente está contento… La gente con la que he tenido las reuniones es gente muy agradable, que confían en cómo llevaremos adelante el proyecto y que además, está muy comprometida y orgullosa de la participación de su empresa en el Plan ADOP “Amigo paralímpico”, que culmina este año con los Juego Paralímpicos de Beijin pero que esperemos, se renueve durante otros cuatro años más.

Fotografia © María Primo. El brazo azul es mío.

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