Hace calor, si

La verdad es que últimamente, lo único que tengo ganas de hacer es ver a mis amigos. Ver gente. Bueno, en realidad tampoco es que tenga muchas “ganas” pero es lo que menos pereza me da. Ojo, no es uuhquédepresión ni es algo triste ni nada. Sólo que no es habitual. O no era habitual. Normalmente siempre tenía ganas de hacer mil (dosmil) cosas y el tiempo no me alcanzaba para todo lo que tenía ganas de hacer. Repito, no es que esté triste (bueno, está bien, a veces estoy triste) pero incluso cuando estoy muy contenta y dicharachera tampoco tengo ganas de hacer nada salvo ver a la gente amiga, tomarnos algo, fumar en compañía, pa-sar-el-ra-to.

En fin, por otro lado, el otro día tuve un sueño refeo. Soñe que mi amiga L. (que es de esas amigas de hace mil, con la que tenemos vidas totalmente diferentes y seguimos siendo amigas a pesar de que hablamos una vez al mes o a lo mejor es porque tenemos vidas diferentes o qué se yo, bueno, de esas amigas que te quieren como sos –desastre–) venía a Madrid a visitarme. La cosa es que mi casa de Madrid no era la que es (minipiso ¡existen señora ministra!) sino que era mi casa o mejor dicho, la casa de mi mamá en Argentina. La cosa es que venía y había más gente invitada y entre pitos y flautas nunca lograba sentarme a charlar con ella y en algún momento se hacía de noche y alguien más la llevaba a la “habitación de invitados” (eufemismo rarísimo porque tipo mi casa no tiene habitación de invitados) donde se iba a quedar que era como una especie de cueva que había construido debajo del sótano (si, mi casa de Argentina si tiene sótano) y la cuestión es que yo preguntaba donde estaba y demoraba un rato en averiguarlo y resulta que para ir a la habitación había que cruzar un túnel angostito a lo largo de toda la casa y no tenía luz y había que tirar de un cordón para guiarse (como Teseo en el laberinto) y nadie me quería explicar y todos me decían que era tarde, que esperara hasta el día siguiente y yo no quería porque L. iba a pensar que no le había dado bola y además, de verdad que tenía muchas ganas de charlar con ella, y en el sueño me ponía muy nerviosa e intentaba ir sola igual pero no podía porque no sabía ni donde estaban las llaves de la luz y no encontraba la linterna porque la habían cambiado de lugar. Y ahí me di cuenta de que mi casa de Argentina es realmente la casa de mi mamá. Y no es más mi casa. Un pensamiento que es angustiante porque claro, no sé si se dieron cuenta pero mi casa en Madrid tampoco es mi casa.

Y bué.

Entre otras cosas, pedí una beca, no me la dieron y chau a la mini-ilusión que tenía de volver a estudiar otro año. Que en realidad tampoco es estudiar sino ser alumna que es algo que se me da bastante bien y controlo. Aia.

Hace calor ¿no?

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