Libros pa’la playa

Como en nada me voy de vacaciones (si, moriros de envidia, vosotros que ya habéis vuelto bronceados y habiendo agotado vuestro estío, jeje… en fin, algún consuelo tengo que tener), estoy confeccionando una lista de posibles libros para llevarme a la playa, que deben cumplir unas simples condiciones: ser muy entrenidos, poco deprimentes y de bolsillo porque paso de tener cuidado con ellos y pienso llenarlos de arena, bronceador y agua salada. La cuestión es que además, tienen que ser más de dos, porque me voy una semana y a mi, una semana con playa, sin tele y oC-vio, sin güifi, me da para leer muuuucho.

En fin, que hoy estuve investigando en La Casa del Libro y mirando, mirando, éstos son candidatos:

  • El ladrón de chicles, Douglas Coupland (lo acaban de editar)

  • Mi tío Oswald, Roald Dahl (recomendado por A.)

  • El juego de Ender, Orson Scott Card (recomendado por Spica)

  • Middlesex, Jeffrey Eugenides (recomendado por F.)

  • En picado, Nick Hornby

  • La luna es una cruel amante, Robert A. Heinlein (*EL* libro de mi infancia)

  • La fortuna de Matilda Turpin, Álvaro Pombo

  • La carretera, Cormac McCarthy (me lo iba a prestar la vecina pero igual mejor lo compro para la playa)

  • El sabotaje amoroso, Amèlie Nothomb (todo lo que leí hasta ahora me gustó)

  • Mujeres, Charles Bukowski (¿o me conviene empezar –si, empezar– con otro?)

  • El viaje a la felicidad, Eduardo Punset (no sé, pensé que podía ser interesante)

  • Cuentos de humor y horror, Saki

  • Primer amor, últimos ritos, Ian McEwan

  • El gaucho insufrible, Roberto Bolaño (con ese título ¿quién podría resistirse?)

La gran mayoría son de Anagrama, editorial que tiene un diseño en sus libros de bolsillo por el que tengo especial debilidad, queselevasé.

¿Alguna recomendación más? No hace falta hacerse el intelectual y proponer Dotoievski ¿eh? Que los veo venir, no me sean vengativos y no me jodan las vacaciones, che.

(Yo me voy a seguir mirando la web)

Update: libros-pala, eso también sirve en la playa ¿no? aaaajaja ¡Ah! Por cierto, este es el post 601, mirá qué cosa ¿no?

Quizás debería

Quizás debería crear nomás una nueva categoría llamada “Momentos kitinmuñoz” porque de verdad, entre que me están arreglando la cocina después de un año de vivir con el peligro pendiente de que se me caiga el mueble, el termotanque de 50 litros y la escayola en la cabeza, con el consiguiente movimiento de extraños que entran y salen de mi casa a gusto y piacere, el llegar un día y encontrarme tantos bultos embalados que tengo que dormir con el sofá-pseudo-cama plegado (y fijate que no soy alta pero ni así me alcanza para el largo del cuerpo), el llegar al día siguiente y encontrarme con que el mueble de la cocina “a medida” no encaja, no cierra, no-es-a-me-di-da y etcétera, etcétera (y mirá, no voy a contar detalles pero cabe decir que he tenido que enojarme y pegar cuatro gritos y eso es algo que me resulta tan agotador como un día de montañismo o tres horas de gimnasio – digo yo, que no tengo ni idea de cómo serán esas experiencia pero vamos, supongo que te duele todo y quedás agotado como quedo yo cuando termino de gritar – odiogritar).

En fin, que no era eso lo que iba a contar. Lo que iba a contar es que el otro día iba en el metro y delante mío, sentados, iban una sacerdote católico de unos 70 años que no paraba de mirarme el escote de una manera muy incómoda (para mi, porque él parecía de lo más relajado) y a su lado, una chica musulmana leyendo una novelita romántica (y, cómo decirlo… de esas “húmedas”) de las de bolsillo titulada “Yasmin, ardiente amor” o algo por el estilo ¿a que es bizarro?

De acá XII

Hace calor, si

La verdad es que últimamente, lo único que tengo ganas de hacer es ver a mis amigos. Ver gente. Bueno, en realidad tampoco es que tenga muchas “ganas” pero es lo que menos pereza me da. Ojo, no es uuhquédepresión ni es algo triste ni nada. Sólo que no es habitual. O no era habitual. Normalmente siempre tenía ganas de hacer mil (dosmil) cosas y el tiempo no me alcanzaba para todo lo que tenía ganas de hacer. Repito, no es que esté triste (bueno, está bien, a veces estoy triste) pero incluso cuando estoy muy contenta y dicharachera tampoco tengo ganas de hacer nada salvo ver a la gente amiga, tomarnos algo, fumar en compañía, pa-sar-el-ra-to.

En fin, por otro lado, el otro día tuve un sueño refeo. Soñe que mi amiga L. (que es de esas amigas de hace mil, con la que tenemos vidas totalmente diferentes y seguimos siendo amigas a pesar de que hablamos una vez al mes o a lo mejor es porque tenemos vidas diferentes o qué se yo, bueno, de esas amigas que te quieren como sos –desastre–) venía a Madrid a visitarme. La cosa es que mi casa de Madrid no era la que es (minipiso ¡existen señora ministra!) sino que era mi casa o mejor dicho, la casa de mi mamá en Argentina. La cosa es que venía y había más gente invitada y entre pitos y flautas nunca lograba sentarme a charlar con ella y en algún momento se hacía de noche y alguien más la llevaba a la “habitación de invitados” (eufemismo rarísimo porque tipo mi casa no tiene habitación de invitados) donde se iba a quedar que era como una especie de cueva que había construido debajo del sótano (si, mi casa de Argentina si tiene sótano) y la cuestión es que yo preguntaba donde estaba y demoraba un rato en averiguarlo y resulta que para ir a la habitación había que cruzar un túnel angostito a lo largo de toda la casa y no tenía luz y había que tirar de un cordón para guiarse (como Teseo en el laberinto) y nadie me quería explicar y todos me decían que era tarde, que esperara hasta el día siguiente y yo no quería porque L. iba a pensar que no le había dado bola y además, de verdad que tenía muchas ganas de charlar con ella, y en el sueño me ponía muy nerviosa e intentaba ir sola igual pero no podía porque no sabía ni donde estaban las llaves de la luz y no encontraba la linterna porque la habían cambiado de lugar. Y ahí me di cuenta de que mi casa de Argentina es realmente la casa de mi mamá. Y no es más mi casa. Un pensamiento que es angustiante porque claro, no sé si se dieron cuenta pero mi casa en Madrid tampoco es mi casa.

Y bué.

Entre otras cosas, pedí una beca, no me la dieron y chau a la mini-ilusión que tenía de volver a estudiar otro año. Que en realidad tampoco es estudiar sino ser alumna que es algo que se me da bastante bien y controlo. Aia.

Hace calor ¿no?

Vasco Mourão - De allá

Resulta que hay gente que está peor que uno. O que tiene agujeros mucho mejores.

[ vía Drawn! ]

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