De acá VIII

Ayer fui a ver el documental Hobby de Ciro Altabas que había visto anunciado en Kirai.
En principio íbamos a ir con Vireta y Gossher, pero la obra en casa y el obrero ¡que no se quería ir hasta terminar! (digo yo, a este hombre hay que darle un premio), hicieron que el plan terminara en yo y mi alma saliendo a caminar a ver si mis pies me llevaban para el lado de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (por cierto, pedazo de auditorio, hay que ir a más cosas ahí).
Por suerte, para allá me llevaron y aunque me da mucho corte ponerme ahí solita en la fila para entrar (y ni siquiera pregunté si esa era la fila, si había que esperar, si nadadenada porque me da vergüenza. Sinceramente, a veces no me soporto). Entré, me senté y fantásticamente mi solitud se acabó en cuanto vi entrar al estimado Contra-Contra que había dicho que “Seguramente nos veremos allí, o no.” en su estilo habitual de precisión y definición y ya justo empezaba la proyección y sinceramente: muy bueno.
No sé si lo van a dar de nuevo ni donde pero si tienen oportunidad, véanlo. A mi me pareció muy divertido, un recorte de Japón visto desde afuera, riéndose de todo un poco pero sin subestimar a los japoneses, sino mostrando esa parte encantadora que tienen.
Yo creo que de este chico veremos muchas cosas más.
La sensación que te deja es que Japón, como dijeran (V) y Gossher: es un lugar al que hay que ir ¡y para volver!
Ayer salgo de la oficina y voy caminando por Velazquez (si, trabajo en un barrio muy bian) y en una de las esquinas, miro distraídamente a un señor que estaba por cruzar por donde no correspondía y pienso: “¡Uy! ¡Kitín Muñoz!”, pensamiento instantáneamente seguido por otro pensamiento que era más o menos así: “¿Kitín Muñoz? ¿Y ese nombre? ¿Quién es Kitín Muñoz? Sin duda es ese señor de ahí pero cómo es que yo sé que se llama así y de donde me viene esta información es un misterio insondable de mi mente”, seguido de otro aún peor: “debería vaciar la papelera”.
Por-di-os.
Evidentemente, cuando tuve un google a mano, lo primero que hice fue buscar quién era, y he llegado a la conclusión de que el trío peluquería/tintes-químicos/revistas-del-corazón, no sólo es irresistible sino también muy poco saludable. En fin, que el Kitín este es marido de no se qué princesa que se hizo la peor rinoplastía que he visto en mi vida, y no sé por qué mi cerebro no es capaz de recordar mi propio número de móvil pero si el nombre de una persona que me chupa no uno sino tres huevos y que, un poco más y lo saludo (porque vamos, no dije “¡Uy! ¡Kitín Muñoz!” en alto porque soy una persona muy discreta y además iba masticando mi zanahoria que si no…), por la sensación esa de familiaridad que te agarra cuando te acordás del nombe de un total desconocido.
Ahora: la cosa no se termina acá. No olvidemos el cierre magistral de mi cerebro que, el muy guacho, va a su puta bola. Porque mi cabeza dijo (en plan vocecita freak): “debería vaciar la papelera”, y menos mal que no fue “la paperlera de reciclaje” porque si no, ahí ya es el colmo y encima cometo pecado mortal porque la papelera de reciclaje es de Windows y no da ni un poco traicionar así a mi mac.
O sea ¿hace falta que lo diga? bla.