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Hombres (del futuro)

Observando unos peces bastante sobrealimentados en el puerto de A Coruña, un niño, que mira de reojo la reacción de su madre, dice:

“¡Jooo! ¡Éstos son pezones!”

No tendría más de cinco años.

El flaco II

Hoy se vuelve el flaco para la Argentina.

Llevo media hora tratando de escribir algo más pero no sé. Pero que los que noten un cambio en la humedad del ambiente sepan por qué es. El que avisa no es traidor ¿no?

Mi viejo era bombero voluntario

daniela bombero voluntario

¿Eso explica muchas cosas?

El flaco

El flaco se cría a partir de los 8 sin padre y con una madre y tres hermanas mayores que lo atormentan como corresponde al benjamín de la familia. El flaco se ve sometido a sesiones de disfraces tortuosos, peinados imposibles, sacudones por cuestiones de proporción y tamaño. Más tarde, se resigna a ser hombro de llantos interminables, comprador de emergencia de toallas higiénicas, proveedor de ibuprofeno a troche y moche y paciente confidente de tres protomujeres que se las traen. También soporta estoicamente todo tipo de mimos, deferencias y privilegios que él mucho no entiende por qué le tocan si en casa aprendió que ser hombre o ser mujer no son diferencias.

El flaco desarrolla superpoderes: paciencia infinita, entendimiento profundo para sutilezas ininteligibles, comprensión de misterios genéticos y todo ésto sin que se le mueva un pelo. El flaco desarrolla una sensibilidad a prueba de balas.

También desarrolla quizás, la percepción de que todas, todas la mujeres son madres y hermanas de alguien y como tanto nos quiere, tanto quiere a las demás y las cuida y las protege y las apoya, porque seguramente, en algún lugar haya otro hombre que las quiera tanto como él quiere a las suyas y en un afán solidario hacia esos hombres buenos que tienen madres y hermanas a las que aman, intenta estar a la altura porque secretamente él espera que su madre y hermanas encuentren a otros hombre solidarios como él.

El flaco, contra todo pronóstico, no se vuelve un blando. Se vuelve un hombre y ésto casi que sólo por mérito propio (aunque a esta hermana le gustaría creer que algo tenemos que ver en todo eso). Se vuelve un hombre al que vale la pena conocer, respetar y amar. Se vuelve un hombre que crece, que nunca deja de crecer, que alcanza alturas inimaginables, que crece hasta ser hermano mayor de todas sus hermanas (que se lo agradecen ¿qué mujer no sueña con tener un hermano mayor como éste?). Se construye a sí mismo como el hombre que quiere ser y nunca deja de pensar en nuevas reformas.

El flaco es un cielo y aunque a veces te hable duramente, nunca te hace doler, porque tiene esa capacidad que pocas personas adquieren (¡ni siquiera con los años!) de hacerte saber que sólo te dice las cosas desde el lugar del profundo amor que te tiene y no te niega, porque es bien macho y por eso sabe que decirte que te quiere lo hace más hombre aún, y que lo dicho en voz alta se multiplica y se revuelve y se devuelve.

Que sepas flaco, que esta hermana te quiere, te ama, porque ella también es bien macho y aprende con vos que esas cosas se dicen a la cara, carajo.

Mea Culpa

Escuela Normal Enrique Wollmann Nº3. circa 1983. Yo tenía 8 años y estaba en tercer grado. Ese año tenía un compañero que se llamaba Guillermo Blanco y era una bestia. Guillermo era uno o dos años mayor que nosotros porque repetía curso por segunda vez. Terrible, violento y antisocial, golpeaba al resto, nos hacía el recreo imposible interrumpiendo juegos, robando la pelota, gritando y montando escándalos que para qué contarte. Era imposible soportarlo. Y ni siquiera las maestras podían con él.

Pero resulta que un día, este Guillermo, al que nadie podía controlar ni someter, hizo que mis compañeros me llamaran y me dijeran que me esperaba en el centro del patio, que quería hablar conmigo. Me acerqué a él (sin mentir, un tanto atemorizada), y él, rojo como un tomate y sin mediar palabra, sacó de su espalda una rosa blanca y medio destartalada.

Ahí estaba, el chico más terrible e insoportable del colegio, mudo y quieto, hirviendo de expectación en el medio del recreo de un colegio alborotado, con la cara ardiendo, ofreciéndome una rosa blanca, enorme y robada a mi. ¿Y yo qué hice? En un impulso justiciero, la tomé y la destrocé en su cara, sin cuidado, aplastando pétalo a pétalo, arrancándolos y dejándolos caer sobre sus zapatos marrones.

No tenés idea de cómo era el gesto en su cara. Sus ojos de 10, la boca torcida, la sorpresa congelada y derruida. Supongo que fue el primer corazón que rompí. Pero te juro que todavía hoy recuerdo perfectamente lo que sentí. Y creo que fue en ese momento en el que empecé a controlar esos impulsos, porque me di cuenta de que no quería (y aún hoy no quiero) volver a hacer sentir así a nadie. Claro, quizás igual me pasé y terminé controlando demasiado todos mis impulsos. Pero fue una sensación tan fuerte y tan agria ese poder de hacer daño al otro que sentí, que no quise sentirme así nunca más. Nunca más.

No, si lo mío debe ser karma, no te digo…

El psicólogo me hunde

“Es que los hombres no están preparados para ti.”

Ay, mi doc… me hace la vida tan fácil.

Hombres

Me fascinan los hombres.

“Los hombres” como conjunto y algunos en particular. Supongo que me cautivan por sus diferencias. No diferencias de nosotras, “las mujeres”, si no de mi. Como grupo y como individuos, siempre he encontrado razones para alimentar mi curiosidad (y por qué no, mi extrañeza más de una vez).

A veces me dan miedo, también. Son pocos los hombres a los que he podido acercarme sin que reaccionen como si yo fuera el enemigo, que supieran que mi curiosidad no es juicio sobre ellos, sino eso, mera, pura e inocente curiosidad (y la curiosidad por el otro, para mi es probablemente, una de las formas más bonitas de halago).

Son un mundo aparte, todos juntos o separados. Y a veces están tan asustados.

Lo que me sorprende es que aún en esos momentos dolorosos, donde una relación más íntima con un hombre (por ejemplo) deja de funcionar, aún ahí no puedo dejar de lado esa sensación cálida hacia esos hombres. La sensación de que hubiera sido tanto mejor poder seguir entendiéndonos. Y no puedo odiarlos, nunca he podido. Quizás sólo me mantengo apartada, a cierta distancia, intentando curar las heridas lo más rápido posible para volver a acercarme desde otro lugar. Porque si una vez fueron tan interesantes no creo que dejen de serlo de un día para otro.

Pasa que a veces me asustan ellos a mi. Por que a veces me marcan un “hasta aquí”, un “sos mujer y estás fuera de territorio”, un “no podrías entenderlo”.

Y aunque no siempre nos entendamos, los hombres me siguen llamando poderosamente la atención. Por que a veces también son tan iguales, no a nosotras, “las mujeres”, sino a mi.

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