Hombres
Me fascinan los hombres.
“Los hombres” como conjunto y algunos en particular. Supongo que me cautivan por sus diferencias. No diferencias de nosotras, “las mujeres”, si no de mi. Como grupo y como individuos, siempre he encontrado razones para alimentar mi curiosidad (y por qué no, mi extrañeza más de una vez).
A veces me dan miedo, también. Son pocos los hombres a los que he podido acercarme sin que reaccionen como si yo fuera el enemigo, que supieran que mi curiosidad no es juicio sobre ellos, sino eso, mera, pura e inocente curiosidad (y la curiosidad por el otro, para mi es probablemente, una de las formas más bonitas de halago).
Son un mundo aparte, todos juntos o separados. Y a veces están tan asustados.
Lo que me sorprende es que aún en esos momentos dolorosos, donde una relación más íntima con un hombre (por ejemplo) deja de funcionar, aún ahí no puedo dejar de lado esa sensación cálida hacia esos hombres. La sensación de que hubiera sido tanto mejor poder seguir entendiéndonos. Y no puedo odiarlos, nunca he podido. Quizás sólo me mantengo apartada, a cierta distancia, intentando curar las heridas lo más rápido posible para volver a acercarme desde otro lugar. Porque si una vez fueron tan interesantes no creo que dejen de serlo de un día para otro.
Pasa que a veces me asustan ellos a mi. Por que a veces me marcan un “hasta aquí”, un “sos mujer y estás fuera de territorio”, un “no podrías entenderlo”.
Y aunque no siempre nos entendamos, los hombres me siguen llamando poderosamente la atención. Por que a veces también son tan iguales, no a nosotras, “las mujeres”, sino a mi.








